jueves, 6 de julio de 2017

Cambios

Qué cosas... me estoy dando cuenta esta semana, en que tras haber cambiado de casa voy, claro, por un camino distinto a la facultad; me estoy dando cuenta digo de lo mucho que llegan a cambiar las especies de pájaro que uno ve, solo con ir por una parte u otra del campus. Veo bastantes menos cosas ahora, me temo, y echo en falta especialmente las avefrías y los alcaudones fiscales, que un poco fueron las especies que me recibieron a mi llegada a Sudáfrica. Pero también habría visto antes los tejedores, que por aquí hay más...

Alcaudón fiscal Lanius collaris. De aquí
Nada, aun a riesgo de decir una perogrullada: está visto que, para ver cosas nuevas, hace falta moverse. Así que me voy de aquí... por dos semanas: mañana por la mañana tomo un avión hacia el noreste, porque nos toca realizar los muestreos de campo de invierno en el Kruger. Datos diversos para las alumnas de máster y grado, y sangre de pajaritos para mí, para que al volver (si los leones me lo permiten, quiero decir) pueda ya encerrarme en el laboratorio de sol a sol (yupi...) y empezar con el grueso del que se supone es mi trabajo principal aquí. Pero entremedias, y para coger ánimos, digo yo que algo de bicherío caerá... a la vuelta nos vemos si Dios quiere.

miércoles, 5 de julio de 2017

“Como siempre”

No recuerdo si en su día, cuando llevaba el año pasado algún tiempo en Francia, escribí una entrada similar a esta; por si acaso no voy a mirar… Llega un momento en la vida de todo español por el mundo en que, por pura necesidad fisiológica, descubre que en clases de idiomas lo machacaron a base de phrasal verbs y verbos irregulares, pero olvidaron enseñarle el vocabulario básico para moverse por el mundo: el vocabulario para indicar cómo quiere uno que le corten el pelo, por ejemplo. Cosa que yo llevo mal incluso en español, porque estoy acostumbrado a ir siempre a la misma barbería (tanto en Orense como en Madrid), donde solo tengo que sentarme y asentir cuando el barbero me pregunta “¿como siempre?” Ya me costó primero encontrar dónde poder ir andando a cortarme el pelo aquí en Bloemfontein, pero finalmente conseguí ayer que me diesen cita para esta tarde en una peluquería de señoras, donde nos miramos con cierta desconfianza mutua, ellas pensando no sé en qué, yo en que “ya verás tú cómo sales de aquí mañana con mechas…”. Y sin embargo, a pesar de que me costó hacerme entender por la chica que me atendió hoy, que tenía toda la pinta de desenvolverse solo en afrikáans, pues me quedé muy contento con el resultado. Y encima me pareció de lo más barato, que era otra cosa que me temía iba a doler, viendo cómo era el sitio… Ea, una pequeña batalla vital resuelta con plena satisfacción. A ver la siguiente.

martes, 4 de julio de 2017

No está hecha la miel para la boca del asno...

 ... pero sí para la del ratel. Hace poco me di cuenta de que el bote de miel que tengo por casa tenía impresa la inconfundible silueta del Mellivora capensis, un mustélido que vive por toda África subsahariana y Oriente Medio hasta la India, famoso porque en algún momento el Libro Guinnes decidió colgarle el exagerado sambenito de "animal más feroz para su tamaño", y por su gusto por la miel, exagerado también por los apicultores de las zonas en que vive, a los que no tiembla el pulso a la hora de dispararles o ponerles cepos o veneno. La etiqueta del bote de miel indicaba precisamente que el producto había sido extraído de colmenares amigos del ratel, aunque dicha "amistad" no implica que se le ponga al bicho mesa y mantel, sino que las colmenas se mantienen lejos de su alcance mediante métodos tan sencillos e inofensivos como ponerlas sobre trípodes. Nada que nos suene raro a los del norte de España, vaya.

Pero el ratel, para los que nos criamos entre libros de animales, es también el protagonista de una historia de esas que, por ser mil veces repetidas, acaban transformándose en ciertas: hay un pajarillo en África, el indicador grande Indicator indicator, que entre sus múltiples características curiosas tiene la de alimentarse casi en exclusiva ¡de cera! No de miel y larvas de abeja como la mayoría de los animales que asaltan las colmenas, no: directamente de cera, hasta el punto de entrar en las capillas de los misioneros de antaño para picar los cirios. El pajarillo de todas maneras se llama indicador, y no cerero, por un motivo aún más sorprendente: porque cuando se topa con un humano y está hambriento, se posa cerca de él. Y si ve que es un misionero simplemente le roba un cirio, pero si no lo que hace el bicho es emitir un canto especial y comenzar a moverse poco a poco, con la esperanza de que el humano lo siga. Si esto sucede, el indicador lo guiará hasta donde haya una colmena protegida en un hueco de árbol o entre peñas, con la esperanza de que el humano, al querer sacar la miel, destruya la colmena lo suficiente como para que pueda él luego comerse la cera.
Esta asociación del indicador grande con los humanos está extendida por buena parte de África, y ha sido suficientemente documentada tanto a nivel científico como en multitud de documentales. Pero como los humanos no dejamos de ser unos recién llegados a este mundo, los científicos supusieron que la costumbre de indicar del indicador debía de haber surgido antes, y el ratel, fuerte y amante de la miel, era el candidato ideal...

De modo que ilustraciones como esta, o historias al respecto, se encuentran en multitud de obras de zoología. Pero nunca veréis fotos o vídeos del asunto porque, hélas!, no tiene visos de ser cierto. Otro mito que se nos cae. No por ello tengo menos ganas de ver un ratel, o un indicador. Y desde luego me muero de ganas de que uno de estos pajaretes me escoja para llevarme de paseo. Solo espero que no sea tras aliarse con un león...

lunes, 3 de julio de 2017

Instalado

 ¡Bueno, pues ya está! Me ha llevado un fin de semana de mover bultos, y de colocar y recolocar cosas en unos sitios u otros, según iba cambiando de parecer; pero ya tengo (tenemos, tendremos) casa nueva, y espero que demuestre ser lo suficientemente buena y agradable como para que dure bastantes meses. Un apartamento bastante nuevecillo, con electrodomésticos que uno no suele encontrar aquí en las casas de alquiler...

... y un soleado balcón (es importante lo del sol ahora en invierno; aquí ninguna casa tiene calefacción, y se nota. Ya veremos en verano...) que permite ver que, solo con cruzar la calle, ya estoy en el campus, así que no es que me haya ido muy lejos...
La ubicación en general es de lo que más me gusta, y me puso muy contento también poder por fin desempaquetar todas las cosas que había traído desde España, y que en su mayoría estaban aún en cajas. Desempaquetar las guías por fin, para no tener que ir tan a ciegas, tanteando por Internet, cada vez que me encuentro con un bicho nuevo... aunque el nuevo de este fin de semana no me costó mucho identificarlo: era un vulgar estornino pinto, descendiente de los que introdujeron los ingleses en Ciudad del Cabo en el S. XIX para que se comiesen las uvas de sus viñedos (evidentemente no para eso, pero es lo que tiene, introducir bichos sin ton ni son). A ver si el siguiente bimbo es un poco más exótico y local a la vez.

PD. Y mientras, allá por casa, la primera cita de cría de picamaderos negro en Galicia...