jueves, 16 de noviembre de 2017

Y más elefantes: The infamous Big Five

 No pensaba escribir esta entrada, pero, en cierto modo, "ya la tenía escrita"... resulta que el Departamento edita una pequeña revistilla bianual, con historias escritas por alumnos y profesores sobre las excursiones, el trabajo de campo, los congresos a los que ha ido la gente y cosas así. Nos pidieron a Joaquín y a mí que colaborásemos en el último número, repartido ayer, y escribí acerca de un suceso que ya os había comentado aquí (y que no es que me muera de ganas de revivir, la verdad), aunque más por extenso. Así que como cuando esto se publique yo volveré a estar en el Kruger pues os pego el texto aquí, y así practicáis inglés...

Half a year after my arrival to South Africa, I still hear regularly the question ‘so why did you choose to come here?’ My honest answer is invariably ‘well… I didn’t have that many options’. Competition for research and academic positions is fierce all around the globe, yes, and I wouldn’t have said ‘no’ to a secured postdoc position, even if accepting it meant leaving everything I cherish behind… Notwithstanding that, it is also true that, for somebody who enjoys nature and outdooring as I do, South Africa is truly a blessed place, crammed with habitats and species to be found nowhere else in the World.

My first real experience out in the veld came when we left for fieldwork in Kruger last July. I was anxiously waiting it, as nervous as a child on Christmas Eve, but altogether I was also quite worried. I have never been particularly brave, and since I knew that, to settle Klinette’s camera traps, we would have to go out of the car and walk up to the waterholes, the perspective of becoming the main course of a lion pride was for me an unnerving one. At any rate, my first hours in that World-renowned Park went by in pure joy: all those birds that I had countless times dreamt on seeing were finally there, in front of my eyes. Every time the car stopped for my fellows to look at a black rhino, a roan antelope, a king cheetah or any of those drab, absurdly furry creatures; I had the occasion to admire through the opposite window the countless myriad of little, brown birds we birdwatchers love so passionately…

The moment finally came when we stepped out of the car at the first waterhole: Mdu all dressed up as a ranger, the rifle all set; and Mariska, Klinette and I following closely behind. Whilst Mdu kept a vigilant eye on the surroundings and the girls set up the camera trap and took some measurements of water quality, I kept myself busy trying not to faint out of fear. Everything went well, though, and soon we were back in the bakkie and heading to the next waterhole. But then, there they were, the (in)famous Big 5: five elephant bulls lounged next to the pan, while a herd of impalas stood around them, looking to the water with thirsty eyes but altogether keeping a respectful distance. 


Well, that’s it, we’ll have to wait till they decide to leave…’, I naively told to myself. Indeed the conversation inside the car revolved around that idea, while I kept myself busy trying to get a good shot of a Southern grey-headed sparrow. Several tourist cars came and went, stopping to take a quick look at the magnificent beasts and to exchange information about lion sightings. However, a few minutes later I realized with growing horror that my beloved boss started to look ominously impatient… ‘OK… they look like they’re gonna spend the whole day here. But they’re all just males and they’re not even drinking anymore, so once this get freed of people we’ll go out and chase them away…’ I heard him saying that, but I didn’t want to believe my ears. Eventually, all cars but one left the place and, to my great dismay, Mdu went out to talk with the lingerer ones. He came back at once saying that, after told them that ‘sorry to disturb, but we have to go out of the car and chase those elephants away for scientific purposes’, those people told him that it was ok, that they’ll be pleased to record everything it might happen, just in case, as you never know when you’ll have the chance to crack YouToube with a new ‘Battle at Kruger’ blockbuster… The little hope I harboured that it was all a sad joke vanished when, resolutely, Mdu told us to brace ourselves and to follow him some steps behind. I briefly looked up to Heaven and thought that indeed it was a sad joke that, me working with pathogens, my death was about to become viral… Off behind Mdu we went, me looking over my shoulder at the half-opened door of the car, calculating how fast would I be able to make it back… The impalas flew off and the elephants, now looking bigger and more imposing than ever, became aware of our approaching presence and stop playing around to stare at us. All of a sudden, my boss started clapping hands and yelling, scaring the s*** out of them and me all at once. Before I had time to put myself together and run off, I saw incredulously how the five brutes turned around and flee, trumpeting deafeningly… Mdu turned toward us, smiled, and we resumed our trek to the pan, set the camera and went back to the car.

And here I am, some months later, looking forward to go back to the Park. I know now that I have a boss who knows his stuff, and that I’m able to keep a cool head in this sort of predicaments… although I could happily do without them. Incidentally, the girls say that, during the whole episode, I could not help but swearing in Spanish rather rudely… I do not know about that, but I highly doubt it. My mother says I am a well-mannered child…

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Elefantes en la pantalla

 ... aunque la pantalla mucho no la veáis, claro. Antes de que volvamos mañana al campo y os abandone unos días, tocaba hoy darle un poco la chapa al personal... a mí y a muchos estudiantes más, pues de eso iba el asunto: dos días de seminarios en los que todo el Departamento atiende a cómo los estudiantes de Grado y Máster exponen sus proyectos finales, y en los que los "estudiantes" mayores, de doctorado y postdoc, contamos a qué nos estamos dedicando. Cerré la sesión de hoy exponiendo nuestros resultados sobre aquellos elefantes señoritos a los que no les gustaba beber agua sucia, de los que os hablé hace un par de meses. Y bueno, aún no me suelto con el inglés, pero no fue mal, y yo siempre disfruto con estos asuntos... aunque por algún motivo ni Joaquín ni yo optábamos al premio a la mejor charla. Ya se ve que "estudiantes" sí, pero para lo que conviene.



martes, 14 de noviembre de 2017

Un domingo de bota-nico (y II)

Además de patear un poco monte arriba y abajo por el Botánico, como os contaba ayer, el domingo también pateamos un rato a la orilla del pequeño embalse del jardín, que mucha agua no tenía...

"Pateamos" en sentido literal, quiero decir: nos pusimos a ver aves acuáticas. Había un grupo bastante majo de suiririríes cariblancos Dendrocygna viduata, una especie propia de las zonas tropicales de América y África relativamente común en los estanques de patos de los parques, pero que me tachaba yo en libertad. Muchas de las aves acuáticas en medios tropicales se desplazan mucho, pero no realizando migraciones regulares norte-sur como las de latitudes templadas, sino de forma un tanto errática, nomádica, buscando zonas donde haya agua abundante donde alimentarse y poder criar, de forma un tanto independiente de los meses del año. El nombre de suiriríes de estos patos es onomatopéyico.

Un cormorán pigmeo africano Microcarbo africanus, adormilado al sol. La cara pelada y rojiza que se les pone en verano más parece de tiñoso que de adorno nupcial, la verdad...

Y una focha moruna Fulica cristata en su gran nido de vegetación semiflotante. Otras parejas se movían por la orilla ya con sus pollos, y otras estaban peleándose para establecer un territorio donde empezar a criar: descontrol tropical, lo que os decía.

Y entre tanta ave acuática, los había que solo bajaban a beber, como este zorzal del Karoo Turdus smithi, que no puede negar sus afinidades mirloides. La verdad es que me gustan mucho todos los pájaros del género Turdus, los zorzales y mirlos. Morfológicamente me parecen todos idénticos, cortados por el mismo patrón; pero luego van cambiando los colores de picos, patas y plumas, y normalmente no de forma gradual, sino a base de manchas, de marcas bien definidas, hasta sumar ¿82 especies, creo que son? Para mí son una especie de "Señor Patata" de las aves, mucho más que otros tantos géneros con especies muy parecidas, pero done la variación entre las mismas yo la veo más gradual.

A beber fuimos nosotros también, hartos de tanto sol, y nos encontramos con que el restaurante del Botánico resulta que organiza comidas de buffet los domingos que parecen ser muy populares entre la sociedad (blanca...) de Bloemfontein; suerte que nos hicimos con la última mesa.

Brujuleando en torno a las mesas y a los parterres recién escardados había unos cuantos obispos rojos Euplectes orix, los que os dije que me había tachado el domingo pasado. Y pude sacarles algunas fotos, pero solo a las hembras, me temo; ya caerán los machos algún día de estos... seguramente cuando ya se les haya pasado el arroz y luzcan de nuevo como las hembras, ese es mi sino...

Y termino ya con otros qe, en este desbarajuste reproductor meridional, estaban ya atendiendo a sus pollos (el de arriba, más chocolate que negro): unos alcaudones fiscales Lanius collaris, de los que ya os he enseñado aquí también. Ea, y el próximo campo ya a la vuelta de la esquina, y en un jardín algo más grande...

lunes, 13 de noviembre de 2017

Un domingo de bota-nico (I)

Ayer por la mañana, a falta de una salida al campo más espléndida, subimos Juan, Joaquín y yo, con Duygu y Christina, a dar una vuelta por el Botánico. Ya vais viendo que nos movemos, cosa curiosa, con varios investigadores del "departamento de lingüística" (no sé cómo se llama de verdad, lo siento:esta Christina es de hecho la directora del departamento, pero contrariamente a lo que sucedería en muchas otras partes, no es una catedrática bien asentada, sino que, teniendo más o menos nuestra edad, el puesto de trabajo que solicitó venía con esa carga, la de ser directora; ya se ve que para la mayor parte del mundo (para todos los que lo intentan hacer bien, me atrevería a decir), es más una carga que un cargo, y una de la que escapar en la medida de lo posible.

Recordaréis mi otra visita al Botánico, con los alumnos de Zonas Áridas (aquí, y aquí): nada más llegar nos pusimos a recorrer la senda que bordea el contorno del jardín, subiendo y bajando la ladera, antes de que apretase demasiado el sol (sin mucho éxito, pues caía de lo lindo ya). Todo lucía aún seco; de hecho más que cuando vinimos, pues ya se habían pasado las flores de los aloes y de otras especies que medran en el límite entre el invierno y la primavera. Los árboles repollo Cussonia paniculata al menos sí estaban en pleno crecimiento, salpicando aquí y allá el monte con sus penachos de hojas glaucas.

Pasamos por alguna zona que no había visitado aún, como un espacio abierto de pradera; muy seca también, pero a ver si algo más adelante luce florida, y si se deja ver algún pajarillo interesante...

O alguna otra especie de tortuga. Parece mentira: ver una tortuga de tierra en España me haría dar palmas con las orejas, igual que hice al ver en el Kruger mi primera tortuga leopardo Stigmochelys pardalis; pero la verdad es que cuando dicen los libros y la gente que esta especie es común en Sudáfrica, es porque lo es realmente...

El arroyuelo casi seco que alimenta las aguas del mermado embalse del Jardín no se veía apeas, cubierto de espadañas y carrizos. Pero es justo en este tipo de ambiente sudafricano: los arroyos con carrizales y bosque galería de acacias y karees, en zonas por lo demás áridas, donde vive un pájaro que para nada esperaba tacharme ayer; tanto menos en cuanto que es de los discretos (siendo generosos con su plumaje)...

... pero resultó que la prinia namaqua Phragmacia substriata tenía un canto simple y muy distintivo, que ayudó mucho en el proceso de ponerle nombre. Lo de "Phragmacia" es un portmanteau de los géneros Phragmites (los carrizos) + Acacia, indicando como os he dicho el hábitat que le gusta.

Y bueno, ya que a un jardín botánico fuimos, pues habrá que poner alguna foto de plantas, ¿no? Una Grewia occidentalis, "crossberry" ("bayas en cruz"), un arbusto medianejo de flores suficientemente reconocibles a pesar de que, ejem, la planta no tenía cartelito... no se puede decir que se lo pongan a uno muy fácil, no.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El cazador cazado, o el parasitólogo parasitado

Bueno... parece que se cuece otro muestreo, ¿no? En menos de una semana volvemos al Kruger, a coger pajarillos... o eso creo; la verdad es que mi jefe es algo caótico, y no tengo muy claro ni cómo vamos a ir, ni muy bien a hacer qué. Pero ir, anirem; y si no cogemos pájaros, espero al menos sí ver/fotografiar/y sobre todo tacharme muchos. Y por otra parte, lo que espero no coger, es malaria: estamos ahora camino del verano, la época cálida y húmeda en la que los mosquitos se crían como moscas; y el Kruger está lo suficientemente al norte como para que ser zona potencialmente peligrosa. De modo que aunque al haber en el parque mayormente turistas bien saneados el riesgo de trasmisión no es mucho, yo voy preparado con mi profilaxis: pastillas para tomar cada día antes, durante y después del viaje que maten los bichillos que algún mosquito pueda escupirme dentro. Aunque no os negaré que, tras casi diez años viviendo (profesionalmente) de estos bichos, como que me da pena no devolverles ahora el favor. Por no hablar del caché que da decir eso de "... y ahí fue la primera vez que tuve malaria...", que te hace parecer lo menos un De la Quadra-Salcedo....

En fin, pero las pastillas las compré, al menos esta vez. Y fue gracioso: la farmacia a la que fui estaba dentro de una droguería grande, y en el mostrador en sí no tenían cajas registradoras. Tenías pues que ir a pagar a las cajas centrales, junto a la puerta, y para evitar que te entrase la tentación de salir corriendo con las pastillas...

... pues te las encerraban en una jaulita así como de ir a capturar topillos. Qué país más absurdo a veces, y qué mono.

jueves, 9 de noviembre de 2017

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Gardar as pitas

Echaba humo a primeros de mes el grupo de whatsapp familiar con imágenes de tumbas recién adecentadas; y claro, me puse morriñento... Lo curioso es que me dio por pensar en una cosa bien concreta: en gallinas en el armario. Y no queráis leerlo con malicia, que lo digo en sentido literal: de pequeño en la aldea "gardar (y sacar) as pitas", esto es "meter las gallinas", era para mí uno de los puntos álgidos del día, el que me fastidiaba mucho que mis abuelos hiciesen sin avisarme... y así era el asunto: al lado de la casa vieja de mis abuelos, donde ahora se yergue otra de dudosos acabado y utilidad, estaba antes de la reforma la palleira. "Palleira" donde había leña, sacos con trigo y maíz y jaulas con conejos, pero que no recuerdo que tuviese nunca paja... no pasa nada; tampoco las tarteras suelen tener tartas, y supongo que por eso para evitar decepciones las llamamos tuppers. En la palleira había además un armario, construido aprovechando el hueco bajo las escaleras de la vivienda principal, y ese es el armario del que os quería hablar. Cada tarde, al caer el día, las gallinas empezaban fuera a congregarse junto la puerta del gallinero (construido también aprovechando el voladizo de una galería; me estoy dando cuenta ahora de que la casa está de lo más aprovechada), esperando a que apareciese alguien para abrirles la puerta. Y en cuanto eso sucedía, salían para, en fila, recorrer mecánicamente el camino hacia el interior de la palleira. Siempre había alguna que se detenía a picar una piedra o una hierba, y por eso había que ir detrás pastoreándolas con una escoba (eso era lo que yo estaba siempre deseando hacer, arrearle con maldad infantil a las rezagadas), pero en general se dirigían sin más dilación hacia el armarito previamente abierto. Allá entraban todas a posarse en los poleiros (los palos, esos del refrán, el de la mierda) cacareando por lo bajo, se les cerraba la puerta y hala, a dormir, en casa, como las personas. Y por la mañana lo mismo, al revés: "prepararles el desayuno" (cambiar el agua de la pota donde bebían, echar una mezcla de pienso, trigo y maíz picado en el comedero, y atarles un mañizo de berzas a la verja), abrirles luego la puerta, y allí que se iban todas sin necesidad de indicarles el camino; algunas ya casi con el huevo asomando, que se metían directas al ponedero antes incluso de comer...

Y lo que para mí era de lo más normal, lo de "guardar las gallinas en casa en un armario por la noche", claro, no me di cuenta de que igual no lo era tanto hasta que lo comenté no recuerdo con quién... Pues comentado con vosotros queda también.

martes, 7 de noviembre de 2017

Alcaudones a montones

Naval Hill. Ya debería sonaros, de entradas anteriores. El sábado de la semana anterior pretendimos Joaquín, Juan y yo pasarlo en el Botánico, pero al llegar allá resultó que estaba cerrado "para una fiesta privada"; eso nos dijeron los de seguridad. De modo que un poco contrariados, y aún con ganas de monte, le pedimos al taxista que nos llevase a este otro monte, al otro lado de la ciudad.

Así, no nos acercamos a la parte "bonita" hasta el final, pues echamos la mañana, que por suerte no era tan calurosa como luego los días de esta semana pasada, dando una vuelta por los senderos de la zona más salvaje, hasta el antiguo planetario y vuelta, intentando ver algunos de los animales "salvajes" que andan sueltos por allí.

Casi al principio, me llevé un alegrón al descubrir a esta pareja de artistas: unos bubús silbones Telophorus zeylonus, a los que prefiero llamar por su nombre inglés/afrikáans de bokmakierie, mucho más bonito, y que pretende ser onomatopéyico. Estos se supone que deberían ser aves comunes de jardín, pero no los había visto hasta esta vez: grandes como un mirlo, y muy bonitos, los bokmakieries se mueven en pequeños grupos que suelen cantar al unísono. Estas aves pertenecen a la familia Malaconotidae, un grupo de aves endémicas del África tropical, todas muy bonitas (algunos ejemplos) y con voces muy características, que se conocen en inglés con el nombre común de bush-shrikes, "alcaudones de matorral".

De hecho, antes se los clasificaba, junto con los alcaudones encopetados y los alcaudones "normales", en la familia de estos últimos, los lánidos. Pero vino luego el ADN a enseñar que, aunque verdaderamente emparentadas entre sí, las aves de estas familias no son parientes tan cercanas.

Alcaudones de los de verdad, del género Lanius, también los hay en Sudáfrica: dos especies euroasiáticas que vienen aquí en invierno/verano, y esta, el alcaudón fiscal L. collaris, residente en buena parte de África tropical.

Y donde no vive esta, viven otras varias especies muy similares, blanquinegras y colilargas. El alcaudón fiscal es de mis aves favoritas por ser un alcaudón: cabezón y peligroso, un pajarillo con alma de águila; y además por ser aquí al menos, este sí, una especie urbana, que llevo viendo casi a diario desde que llegué a Sudáfrica. Algunos ejemplares, aunque son los menos, tienen una ceja blanca que, al delimitar una máscara negra, les da todavía más "cara de alcaudón", como la que tienen todas las especies fuera de África.

Alcaudones vimos muchos en poco tiempo, y también cebras, avestruces, jirafas y los dos antílopes que viven en este parque "urbano". Este es un blesbok Damaliscus pygargus, no lo había sacado aquí antes, y es uno de los que más ganas tenía de ver. No creo que queden poblaciones salvajes-salvajes del mismo ya en ninguna parte, pero me aguantaré antes de tachármelo a verlo en algún parque nacional... hay que ponerse algunos límites, ¿no?

Los ñus azules ya los conocéis, en cambio; nos movemos con este en aguas conocidas. Y menos mal que ya los había visto antes, que si no habría dudado a la hora de apuntármelo, y eso que ¡lleva crotal!

También ya reconoceréis sin dudarlo a este lagartito, o al menos lo reconoceréis como algún pequeño agama sin identificar. "Comida de alcaudón" podemos llamarle, si no. A ver si llega a grande, estando tan bien acompañado allá en en parque...

lunes, 6 de noviembre de 2017

Enlaces de candente actualidad

... O no tan candente, me temo, pues varias entradas sobre Mokala y una independencia catalana más tarde, ¿quién se acuerda ahora de los incendios de hace un mes, sino apenas aquellos que lo tuvieron a la puerta de casa? Y casi ni ellos, pues si algo caracteriza al monte gallego es la recurrencia de los fuegos, en los mismos lugares, una y otra y otra vez, hasta que ya ni la atención llaman. Y una y otra y otra vez han tenido que arder para que poco a poco se empiece a hablar públicamente y vaya calando la idea de que Galicia no "arde", sino que "la queman". Y ni siquiera la quema "el PP", como más de uno y de mil se prestaron encantados a difundir, para llevar el agua a su molino, sino que la queman los gallegos*. ¿Y por qué la queman? Esta recopilación de motivos, aunque elaborada incluso antes de la oleada de incendios de 2006, no ha perdido un ápice de vigencia. Y de la mano del mismo autor nos llega la solución al fuego. Una solución, vaya, pero una que yo firmaría mañana mismo: si Galicia la quemamos nosotros, que paguemos lo que cuesta apagar el fuego nosotros también. Y ¡ay, amigo, cómo iban a cambiar las tornas...!

*Que los mismos gallegos que queman Galicia sean los que mantienen al PP en el poder es otra cuestión...

domingo, 5 de noviembre de 2017

La Tierra Prometida (del moderneo)

 Es extraño cómo la carrera investigadora, y esto de irse de postdoc a donde el viento da la vuelta, va juntando gente que de entrada uno diría que no tiene mucho que ver (con razón, vaya): Duygu, la turca de la imagen de ayer, es traductora, e investigadora también, compañera de despacho de Carmen. Carmen no está estos días, pero el que sí ha llegado a empezar aquí un año de postdoc es Bastian, un alemán (y lingüista, e investigador) que habla bastante español. Pues Bastian, Duygu, Joaquín y yo hemos echado hoy la mañana en el Café Mizva, un lugar de lo más peculiar donde la comunidad postdoctoral viene de vez en cuando a echar el rato, trabajando o haciendo que trabajan. No he sacado fotos del sitio, pero mirad las de su web, y podréis haceros una idea de cómo es: un sitio medio granja, medio casa de huéspedes fuera de la ciudad, con todo lo que un hipster de libro podría desear: estética rural-destartalada, espacios con wifi para trabajar, mercadillos de libros y ropa de segunda mano, huerta y buffet de brunch de productos cultivados allí mismo, bar de zumos... y a mayores, lo que no sale en la web: que el lugar, abierto de domingo a viernes, es gestionado por una familia de conversos al Judaísmo, y está lleno todo él de motivos religiosos y de carteles con citas del Antiguo Testamento. Y su huerto de olivos y granados, con estanques y pavos reales, intentando hacer un remedo del Edén... No s que me haya enamorado el sitio, pero ha estado curioso, la verdad.

Aparte de brunchear y de jugar un poco al Cranium (se me olvidaba en la lista de "cosas modernas": la estantería de juegos de mesa), pude darle un poco al bicherío por el jardín. Y os hice solo esta foto con el móvil, de un nido de golondrina cabecirrufa ocupado por na pareja de vencejos cafres (os explicaba eso hace poco, ¿os acordáis?), cosa que se sabe porque los vencejos forran el nido por dentro con plumas, que asoman por el túnel de entrada, ¿lo veis? Además hubo un bimbo pajaril muy fácil y espectacular, el obispo rojo Euplectes orix, una especie de tejedor de la que hasta ahora solo había visto los nidos; y uno que nos hizo casi más ilusión que este pajarillo rojo y negro, pues por fin vimos Joaquín y yo nuestras primeras ranas: ranas de uñas Xenopus laevis, encantadoramente feas, con la pinta que tienen de sapos atropellados. Aunque Bloemfontein no se prodigue precisamente en masas de agua, la verdad ya nos iba faltando sumar algún anfibio sudafricano... a ver si son estas las primeras de muchos.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Con la panza por el suelo (PNM, y IX)

Vamos a ir dando carpetazo a la carpeta de fotos de Mokala, que trascurridas cuatro semanas del viaje ya va tocando... A pesar de las limitaciones que impone el no poder salir del coche más que en los campamentos y en un par de sitios más, poco a poco, incluso desde la ventanilla, fuimos sumando también distintas especies de reptiles. Las que más a menudo nos hacían pisar el pedal del freno eran los agamas. Los Agamidae son una de las familias de lagartos más diversas de las regiones tropicales del Viejo Mundo. Tenemos solo una especie en el sureste europeo, pero son muchas más en África, donde me había tachado al agama de Bribon Agama impalearis al ir a Marruecos al acabar la carrera, hace ya diez años... y desde entonces, hasta que vimos este pequeñajo de la foto, tan bien camuflado. ¿De qué especie? A saber... que en Sudáfrica hay muchas, y el libro de reptiles que tengo apenas sirve para distinguir especies...

... así que tuve que contentarme con distinguir un par de especies al ver los machos en celo. Esta, Agama aculeata, era la más frecuente. Nos cruzábamos con los machos color arena, con la garganta más o menos coloreada de azul, un poco por todas partes; y muchas veces a la gresca entre ellos. Peleas que normalmente no pasaban de unas cuantas amenazas, agitando la cabeza arriba y abajo...

... pero a estos nos los encontramos enzarzados en medio de la carretera, sangrando y sin que les importase lo más mínimo que hubiésemos estado a punto de atropellarlos... lo que ciega la ira.

Vimos bastantes menos Agama atra, mucho más coloreados, con el tercio anterior azulado, el resto del cuerpo medio violeta, medio marrón, y la cola naranja; y más pacíficos también, no sé si porque ya habían terminado su época de celo o si porque no la habían empezado aún.

Muchos de los agamas que vimos tenían además bastantes garrapatas, los pobres. Y les faltaba también la punta de la cola, que a estos bichos no se les regenera, supongo que a resultas de peleas como las de la foto de arriba.

¡Qué cansado y esforzado es, esto de la reproducción! A las tortugas leopardo Stigmochelys pardalis nos las encontramos también dándole al tema, de una forma de lo más torpe y poco digna... Estas dos junto con otras, todas de buen tamaño, se paseaban por el jardín del principal campamento del parque, imagino que llevadas allí por alguien; pero también nos las encontramos salvajes aquí y allá.

Una foto mala, pero es que el bicho me hizo mucha ilusión, por tacharme especie y familia: es un Karusasaurus polyzonus, un tipo de cordílido, unos lagartos propios del este y el sur de África de aspecto más o menos acorazado, como podréis apreciar en esta foto mucho mejor de otro individuo de la misma especie. Hay cordílidos que llevan lo de la coraza al extremo, como los lagartos armadillo Ouroborus cataphractus, y otros que acaban desarrollando un aspecto de lo más imponente, como los del género Smaug. Un nombre de los más tolkieniano muy adecuado para unos bichos que viven aquí en el Free State...

Más bichos: camuflado contra la corteza, encontramos un escinco arbóreo del Kalahari Trachylepis spilogaster, una especie más que meto a la saca (y ya van cuatro) de este género mucho más diverso en especies que en variabilidad morfológica, con lo que cuesta bastante distinguirlas. Estos escincos forman parte de los ocupantes de los nidos coloniales del tejedor republicano que os mostraba en la entrada anterior sobre Mokala, a pesar de que sus convecinos los halcones pigmeos suelen dar buena cuenta de ellos.

 Y ya que hablamos de vecinos, cierro la lista de herpetos con una foto de nuestros vecinos de bungalow, unos gecos Chondrodactylus bribonii de buen tamaño y muy bonitos que salían por la noche de entre el ramaje del techo a dar buena cuenta de los bichos que acudían atraídos por la luz de las bombillas, tanto fuera como dentro del alojamiento.

Más animales panza a tierra: Joaquín, en este caso, retratando una tortuga con menos ganas de jarana que las de la foto de arriba.

Aunque tuviese yo la idea de montar este viajecillo, a Joaquín le debo que se dejase liar para acabar sacando el plan adelante. Y a Duygu (postdoc turca de Traducción) y a Juan (murciano de estancia predoctoral) que completasen cupo y pusiesen un montón de interés  entusiasmo en todo lo que vimos e hicimos. Y les debéis vosotros estas entradas, así que ya estáis dándoles las gracias...

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Nuevo mes, nuevo número...

Vuelvo a hablar de animales, aunque aún no de Mokala. O, mejor dicho, hablo de ellos en mi artículo de noviembre de EMNMM. Es curioso, hasta ahora no había caído en la cuenta de que el mes de los muertos es también el de las matanzas... Mal se iba a aguantar la carne de cerdo ahora en cualquier caso, con estos calores (ya no) tan impropios de la estación...


martes, 31 de octubre de 2017

De laico a obispo del tirón...

 Hagamos una pausa en las entradas sobre Mokala, que no todo van a ser bichos en este blog... Entre las tareas que me ocupan estos días, está la de solicitar que se me acredite como investigador por parte de la agencia de investigación sudafricana (National Research Foundation). Más allá de lo que pueda presumir de ser un investigador acreditado de categoría 'X', lo interesante era que estas acreditaciones venían con premio (al contrario que en España las de la ANECA, que lo único que te dan son dolores de cabeza): durante los cinco años que dura la evaluación (luego caduca y hay que renovarla, otra diferencia con la ANECA), la NRF te da una cierta cantidad de dinero para investigar, según la categoría alcanzada. Y como en mi grupo andamos faltos de liquidez, pues mejor contar con dos investigadores acreditados, y no solo mi jefe. Pero sucede que parece que los criterios para acreditarse son un tanto laxos, y al olor de ese dinerillo son legión los 'investigadores' que piden acreditarse. Eso ha llevado a que de repente (de repente por falta de previsión, claro) la NRF se haya quedado sin fondos para estos complementos, de modo que justo este año han decidido suprimirlos... qué puntería tenemos. Pero bueno, yo la pido igualmente, no sea que acaben consiguiendo dinero otra vez.

Y al empezar a registrarme en el sistema, me he encontrado con mi viejo amigo el menú desplegable, y sus múltiples opciones de lo más peregrinas:

Me ha tentado la idea de inscribirme como Lord, y a ver cuánto tardaban en hacerme preguntas... Nah, ya en serio, este menú es un reflejo bastante curioso de la importancia que le dan aquí a los títulos, que vi ya casi desde el principio, cuando al ir a abrir una cuenta, al darse cuenta en el banco de que era un Dr., todo fueron gentilezas y miramientos (que no se tradujeron en más eficiencia, por otra parte...), o al ver que aquí los alumnos se dirigen siempre al profesor correspondiente con el título que toque, porque a su vez el profesor se pica si no se le llama como se le tiene que llamar... Eso por una parte; por la otra, me fastidia lo que comenté en la otra entrada: que a base de dar opciones uno acaba dejándose siempre cosas fuera. ¿Qué pasa si quiero poner Ingeniero, como se estila tanto en América? ¿Y cómo es que llego a ser Bishop sin ser antes Reverendo, o Pastor, o Ministro o algo más? Con lo fácil que sería dejar sin más un espacio a rellenar. Tiene que haber aquí detrás algún detalle sociológico guapo que no sé verbalizar...

lunes, 30 de octubre de 2017

Nidos y sus ocupantes (PNM, VIII)

 Un nido de algún tipo de termitas; no de las que cultivan hongos y a las que dediqué mis primeros esfuerzos investigadores en este país, que construyen nidos mucho mayores, sino de las que "simplemente" acumulan materia vegetal para alimentarse durante la estación seca. Entre unas y otras consumen en todo caso prácticamente tanta materia vegetal como los mamíferos herbívoros, si no más. Las de este nido, sin embargo, no acumularán ya nada más, pues como resulta evidente el nido está roto, despanzurrado lo más seguro por algún cerdo hormiguero durante una incursión nocturna, pues aunque no llegásemos a verlos según parece abundan mucho en Mokala. Normal, pues la verdad es que termiteros de estos con pinta de pequeños iglús se veían por doquier, allá donde uno mirase; comida no les falta pues ni a los oricteropos ni a los otros animales locales que se alimentan principalmente de termitas: el zorro orejudo que ya os enseñé en otra entrada y el proteles, una especie de hiena enana que me muero de ganas por ver.

Pero a mayores de los de termitas, eran los nidos de ave un elemento constante del paisaje de Mokala. Me volví en concreto muy contento del parque tras tacharme tres especies nuevas de tejedores, las tres casi exclusivas del sur de África, y las tres con curiosas costumbres reproductivas. Del tejedor-gorrión cejiblanco Plocepasser mahali en sí no tengo fotos, pero sí de sus colonias. Este bicho, de colores discretos, pero muy atractivo, forma grupos compuestos, como las manadas de lobos, de una pareja dominante, la única que se reproduce, y varios individuos subordinados, que colaboran en la crianza de los pollos de la primera. El grupo construye varios nidos, como masas de paja, colgando de las ramas de uno o varios árboles, en la cara contraria a la expuesta a los vientos dominantes. Los nidos empleados para criar tienen una única entrada, pero a mayores cada ave cuenta con un nido donde duerme a diario, y estos tienen dos accesos.

El diminuto tejedorcito escamoso Sporopipes squamifrons era una de las aves más abundantes del Parque, y sus nidos se veían por todas partes, en general a muy baja altura, a menos de un metro sobre el suelo. Son unas masas de aspecto desordenado, construidos con las briznas de hierba más finas, de modo que tienen un aspecto de lo más frágil y vaporoso. Muchas veces estos pájaros se limitan a añadir un techo de paja al nido abandonado de alguna otra especie de ave.

El nombre de "escamoso" le viene del aspecto de las plumas de la frente y de las alas: negras y bordeadas de blanco, que efectivamente le dan un aspecto de pescado. Junto con el pico rosa, los bigotes negros y el pequeño tamaño del bicho, hacen que sea muy fácil identificarlo.

Y pasamos de uno de los nidos de tejedores más endebles que hay, al que sin duda es el más masivo de todos; aunque en realidad el mérito le viene por ser un trabajo hecho en equipo: el tejedor republicano Philetairus socius construye nidos enormes, no my distintos de los de las cotorras argentinas, aunque mayores, y que albergan decenas de parejas, cada una con su pequeña cámara. Las aves, que utilizan el nido también como lugar de reposo a lo largo de todo el año, llegan a acumular varios metros cúbicos de ramas en la copa de los árboles, llegando en ocasiones a desgajarlos.

Este es el tejedor republicano, que veis en una foto tomada desde arriba, de un bicho que buscaba entre nuestros pies las migas que se nos caían al comer. También de aspecto muy "escamoso", pero bien distinto del de la especie anterior, y es además un pájaro mucho más robusto. Me hizo particular ilusión ver este bicho porque cerca de Mokala, en Kimberly, miembros de mi antiguo grupo de investigación en Dijon trabajan a menudo con estas aves, realizando multitud de estudios de fisiología y costes de reproducción en especies de vida social.

Tan sociables son estos tejedores,  que sus nidos a menudo acogen multitud de parejas de otras especies: cigüeñas y grandes rapaces pueden utilizarlos como base sobre la que construir sus propios grandes nidos, y ocupando las cámaras vacías del mismo pueden encontrarse multitud de especies que anidan en cavidades, como diversos estríldidos, inseparables, carboneros... Algunos incluso, como el diminuto halconcito africano Polihierax semitorquatus, apenas mayor que un gorrión, utilizan los nidos del tejedor de forma casi obligada.

Acabo ya con un último nido, uno de golondrina cabecirrufa Cecropis cucullata, del que se sirven para criar los vencejos cafres Apus caffer en estas latitudes casi en exclusiva, si bien en otras latitudes ocupan los nidos de otras especies de golondrina. Me hizo gracia este nido porque se ve que, tras caerse el túnel de entrada que estaba mirando hacia un lado, la pareja de golondrinas decidió construirlo mirando hacia otro. Siempre está uno a tiempo de hacer reformas en casa...